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 EL CANDELABRO      DE PLATA

   di Alberto Gerchunoff

El rancho estaba envuelto en profunda claridad, una claridad plácida que da el sol de las mañanas de otoño. Por la ventanita abierta en la gruesa pared de adobe, barrosa y agrietada, se veía prolongarse el campo, hacia muy lejos, hacia más allá de la loma, en que amarilleaban troncos de cardo y estiraba sus ramas nervudas el único paraíso. Un poco más cerca, la vaca, con un pedazo de soga en el pescuezo, lamía el anca del ternero.

Era sábado; la colonia se hallaba en silencio y de cuando en cuando llegaba la voz de una vecina que canturreaba. Al entrar la mujer,  Guedalí se había puesto ya la túnica blanca, y abstraído por las primeras oraciones, apenas notó su presencia.

Le hizo señas, frunciendo la boca y moviendo la cabeza para atrás, a fin de que no le interrumpiera. En efecto, la mujer miró desde el umbral el interior del rancho y salió sin ruido. Guedalí oyó maquinalmente lo que dijo a la hija:

-No le pude preguntar porque había comenzado las plegarias.

Guedalí era muy religioso. No le consideraban entre los más instruidos en la colonia, ni se distinguía en las reuniones de la sinagoga, en las disputas interesantes que siempre se entablaban sobre comentarios difíciles y sobre puntos oscuros de los textos. Era de humor apacible, de voz grave y triste; en sus ojos caudalosos, sombreados por cejas revueltas y cenicientas, ardía una mirada tímida y dulce como una llamita sin fuerza.

Vuelto con el rostro hacia el Oriente, su cuerpo alto y flaco parecía alargado bajo la túnica, que caía en pliegues iguales, hasta rozar el suelo.  De pronto sintió que alguien rondaba junto a la ventana. Sin dejar de rezar, volvió la cabeza con lentitud para cerciorarse de lo que ocurría, pensando en el vecino que había hecho el servicio militar y solía burlarse de su devoción. No se trataba del vecino, sino de un  desconocido,que metía la mano para alcanzar el candelabro, el candelabro de plata, la noble herencia de la familia y que en aquel rancho rústico de inmigrante atestinguaba la distinción de su origen: se erguía majestuoso y rutilante, con los siete brazos arqueados, en cuyas rosetas cándidas refulgía la luz como si ardieran los pabilos de los velones rituales. Guedalí no interrumpió la oración: miró severamente al desconocido e intercaló entre las palabras sagradas esta advertencia:

-No..., es sábado, es sábado...

Es lo que podía decir sin profanar su ocupación devota. El desconocido se llevó el candelabro y Guedalí continuó rezando y moviendo el busto al compás de las frases rítmicas de los versículos. Recitaba las bendiciones, murmuraba en tono mustio hasta concluir con el último rezo. Entonces respiró fuertemente. La claridad bañaba su cara escuálida, su frente rugosa, su barba larga y rala, que empezaba a emblanquecer.

Plegó minuciosamente la túnica y la guardó en el cajón de la cómoda. Cuando entró la mujer, Guedalí anunció con tranquilidad:

-Nos han robado el candelabro...

Tomó un trozo de pan que había sobre la mesa y se puso a comer, como hacía invariablemente después de rezar. La mujer lanzó un grito de indignación;

-Y no estabas ahí pedazo de...?

Reposadamente, como quien intenta persuadir de que ha cumplido con su deber , contestó:

-Yo le advertí que era sábado...

Fuente: Gerchunoff, Alberto, Los gauchos judíos. Buenos Aires, C.E.A.L., 1968 (págs 112-113).

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